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Indice del artículo
Historia
30 Aniversario Ayuntamientos Democráticos
El poblamiento ibero-romano
La Edad Moderna
Vélez Blanco, capital del partido de los Vélez
Transformaciones sociales y económicas del siglo XVI
Los siglos XVII y XVIII
El siglo XIX
El siglo XX
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Transformaciones sociales y económicas del siglo XVI

Aunque ya se indicó más arriba, conviene recordar que el medio ambiente, la evolución demográfica, el sistema productivo y la organización social y política interactúan y se condicionan mutuamente. Como en el resto de Europa de aquella época, la economía velezana se basaba en dos pilares fundamentales: la agricultura y la ganadería. Referente a la explotación del monte (saltus, en latín) en general, se pueden destacar la ganadería, silvicultura, apicultura y caza.

La toma de posesión de las tierras velezanas por don Pedro Fajardo inició una decidida estrategia para la activación económica de una tierra caracterizada por ser durante 250 años la frontera con el reino de Murcia. El propio marqués escribe en una carta sin fecha sobre el aprovechamiento de las aguas del pago de El Piar que “oy en día esta allí en pie los vestigios de un lugar que se llamaba El Piar y la torresita de la mezquita, porque antiguamente quando Murçia hera de moros avía en la huerta de Veles el Blanco e el Ruvio quinse poblaçiones o alquerías que llaman ellos, y esta era la una de ellas. Estavan puestas en aquellos llanos syn fuerças ningunas, solamente al proposyto de aquellas aguas e de aquellas tierras. Despues de ganado por los cristianos el Reyno de Murçia fue forçado al caerse estas alquerias a los lugares fuertes asy como Veles el Blanco e el Ruvio que por ser fuertes se retraxeron alli”.


Evidentemente, el fomento económico tenía como finalidad el aumento de los ingresos para las arcas marquesales. La plantación de 15.000 tahullas de viña en las vegas de Vélez Blanco y Vélez Rubio durante el primer tercio del siglo XVI era la apuesta por un producto fácilmente transportable y comerciable fuera del contexto comarcal. Las casas de los cristianos viejos, especialmente de los grandes propiaterios, se construían incorporando lagares y bodegas con grandes tinajas. El vino se vendía en tierras almerienses y murcianas, manteniéndose la actividad vitivinícola en la comarca de los Vélez hasta la plaga de la filoxera, a finales del siglo XIX. En menor medida encontramos en las zonas de regadío la plantación de olivar, de otros árboles frutales, legumbres, hortalizas, etcétera.


Una de las características de la agricultura velezana del siglo XVI y principios del siglo XVII es el acelerado avance del cultivo en secano. La roturación de miles de “fanegas de sembradura” aumentaba también las rentas marquesales, tanto por los diezmos habituales, como por la concesión de las mercedes de tierras, generalmente en terrenos alejados de los núcleos de población y cercanos o en las mismas laderas de las sierras. La suposición marquesal era que todas las tierras no cultivadas pertenecían a su señorío por considerar que continuaba con la misma situación jurídica que habían disfrutado “los moros que las habían poseído antes”, aunque, más tarde, los propios moriscos pleitearían ante la Real Chancillería de Granada contra este abuso señorial.

Conceder o no una merced de tierra dependía también de la sumisión del solicitante a la voluntad del señor territorial, como demuestran los acontecimientos de 1567/68, es decir, el pacto de don Luis Fajardo con los moriscos contra los cristianos viejos que pleiteaban con el señor territorial justamente por los abusos señoriales; y, en el contexto de la conflictiva repoblación, a partir de 1601, concediendo mercedes en los pagos de Barrax, la Hoya del Carrascal y el campo de la Alfahuara. Las apostillas del gobernador del marqués son reveladoras en cuanto a esta estrategia política. Una vez concedida una merced de tierras, el sobreguarda mayor estaba presente en las mediciones y amojonamiento de estas tierras. Junto a la finca principal se concedían luego los ‘ensanches’, terrenos colindantes los que, en algunos casos, podían alcanzar el 25 % de la superficie de la labor principal. Los títulos de concesión determinaban que el beneficiario tenía que empezar con la roturación en un año, no podía dejar la merced sin cultivar durante cuatro años, con la condición de que “el monte baxo que en las dichas heredades oviere después de roçado, lo haréis montones dentro dellas, de manera que el fuego no salga a hazer daño a los montes y pinares”; y con la salvedad de que "todas las carrascas de un pie, pinos, sargaleños y sabinas que hubiere las aveis de dexar y no cortar sin expresa licencia mia, so las penas de las ordenanzas" (1609).

La mayoría de las mercedes estaban en monte de lentiscar, atochar o chaparral. Generalmente, la concesión de estas mercedes de tierras de secano, y también en contratos de arrendamiento de otras labores, exigía que el beneficiario acreditara tener fuerza de trabajo anuimal suficiente para poder labrar. El impago de los diezmos conllevaba automáticamente la pérdida de la merced, castigándose también la ocultación de cosechas. La concesión de mercedes de tierras exclusivamente a moriscos entre 1551 y 1567, un total de 3.687,5 fanegas en el marquesado, de ellos 2.924,5 fanegas en los términos de Vélez Blanco y Vélez Rubio, se debía a que el marqués recibía un diezmo mayor de ellos que de los cristianos viejos, prohibiendo incluso la venta de mercedes a estos últimos para impedir una disminución de los ingresos. Esta estrategia de concesión de mercedes de tierra de secano relativa también la tradicional visión del morisco como hortelano en tierras de regadío, tal como demuestra la revisión crítica de éste por varios investigadores en los últimos veinte años. La concesión de mercedes seguía después de la expulsión de los moriscos, alcanzando en algunos casos extensiones muy considerables, como la concedida el 12 de septiembre de 1580 por la marquesa viuda de 300 fanegas de tierra en lo que “dizen el Bancal” para el vicario Juan Bautista de Prado.


Los propietarios de una labor, en general, pagaban al labrador un ducado por cada fanega roturada. Los contratos de compraventa de las fincas indicaban si era tierra abierta y/o por abrir. Muchas labores eran arrendadas por sus propietarios a labradores, generalmente por cuatro años y “al partido del cuarto”, es decir, pagando la cuarta parte de la cosecha. Se hacían entre un 25 y 33 % de barbecho “de dos rejas”, sembrando siempre dos partes de trigo y una parte de centeno y cebada. Las miles de fanegas de excedente de cereal se vendían en Murcia, Lorca y Cartagena.


El otro pilar de la economía, la ganadería, está indisolublemente unido a los montes. El primer marqués de los Vélez incentivaba a los señores de ganado con darles ejidos “de balde” en invierno en las tierras de sus villas, pero obligándoles a tener la paridera en los términos de Vélez Rubio y Vélez Blanco porque “para aquel tiempo, los términos dellas son los mejores en toda la comarca”. El ganado ovino producía centrenares de arrobas de lana, la cual compraban los representantres de los genovéses afincados en Caravaca y Huéscar para tratarla en los importantes lavaderos de Huéscar y exportarla, generalmente por el puerto de Cartagena, para la producción de tejidos. Su sistema de contrato con pago de anticipo era una fuente de ingresos de primera importancia para los señores de ganado comarcales, muchos de ellos de origen de la Baja Navarra francesa y de la zona fronteriza entre Aragón y Guadalajara, los cuales se asentaron especialmente en María. Los señores de ganado apoderaron a sus mayorales para la gestión de los rebaños, teniendo numerosos pastores con el correspondiente hato a su servicio. Muchos pleitos y hasta agresiones físicas se causaron por la entrada de ganado en huertas, viñas y labores de los agricultores, como también por incendios forestales y apropiación indebida de tierras y agua.


Destaca la importancia de la ganadería transhumante, que ya se practicaba en el marco de la mancomunidad de pastos de Castilléjar, Orce, Huéscar-La Puebla y los Vélez, de tradición medieval, a la cual hacen referencia las ordenanzas de Orce (1620), “porque esta villa tiene hermandad con la çiudad de Guescar y Villa de Belez y Castilleja por ser parte comun y no se puede poner coto en los dichos pastos”. Pese a repetidos pleitos intentando para extinguirla, parece que esta mancomunidad llega a ser vigente hasta el final de Antiguo Régimen. Las actividades ganaderas, también referente al ganado de labor (bueyes, mulas), conectaba la comarca con Baza, Cazorla, Yeste y Úbeda, aparte de las tierras murcianas, tal como demuestran los numerosos documentos de compraventa y algunos aspectos de la religiosidad popular. También consta la prestación de servicio de transporte con récuas y carretas.


Aparte del abasto con carne de macho cabrío para las carnicerías de la propia comarca, los ganaderos velezanos vendían sus animales espcialmente a Cartagena. Para proteger al ganado de los numerosos lobos de la zona, el 30 de octubre de 1580 el concejo de Vélez Blanco contrató a Antón de Cervera que pagaría hasta mayo de 1581 por cada lobo matado y por cada camada sacada en los términos de Vélez Blanco y Vélez Rubio 31 reales y por cada zorra dos reales, obligándose a su vez Antón de Cervera que “cada bez que oviere de armar los cepos y parqueças a de dar abiso donde se arman para que se pregone”. En los siguientes veinte años se matarían lobos y camadas por la Fuente de la Puerca, Cerro Gordo, en la Alfahuara, en Graj, Simanque, la solana del Maimón, en el Mancheño y Lajarosa, la rambla de Tello y en Corneros. Volveremos a tener noticias de lobos matados por los vecinos en 1642 en la solana del Maimón y la Alfahuara.


Otro recurso importante era el potencial maderero de los montes. La madera no sólo fue uno de los materiales de construcción más importantes durante siglos, sino que se aprovechaba como fuente de energía para caleras, carboneras, los hornos de vidrio y aguafuerte, alquitrán. Durante más de un siglo, esta actividad forestal estaba estrechamente ligada a la presencia de una comunidad de madereros y aserradores franceses, los cuales obtenían las corrrespondientes licencias marquesales avalados por carpinteros velezanos. Era recurrente la obligación de no cortar madera a menos de mil pasos de agua manente o corriente. Otro cultivo relacionado con el monte era la apicultura, constando numerosos colmenares en toda la comarca.


La transformación de las materias primas, como el cereal, la piel, la uva o la lana, en los molinos hidráulicos, batanes, tenerías, tintes y lagares, no sólo abastecía a los pueblos de la comarca, sino que permitía dar un valor añadido a estos productos y obtener mayores precios.


Un factor económico no deleznable durante los años setenta y ochenta del siglo XVI era la compraventa de esclavos moriscos, resultantes de la Guerra de las Alpujarras. Un esclavo alcanzaba precios equivalentes a una buena casa de aquella época. El mercado de los niños esclavos se intentaba camuflar con la figura de dejarlos en administración de cristianos viejos, supuestamente para enseñarles la doctrina cristiana.


El desarrollo económico favorable de los Vélez hasta 1568 se vio bruscamente frenado por la expulsión de los vecinos moriscos (noviembre de 1570), la repoblación con un número considerablemente menor de cristianos viejos procedentes mayormente de zonas levantinas, la conflictividad entre, por una parte, el marqués y la Corona sobre derechos políticos y ventajas fiscales de los repobladores y, por otra parte, entre los cristianos viejos “originarios” ya asentados antes de 1568 y los recién llegados repobladores. Una serie de malas cosechas, plagas de langosta y los insuficientes recursos financieros de muchos repobladores para resistir esta crisis contribuían a un desplome durante unos veinte años. Alrededor de 1600 comenzaba otra vez un repunte en la coyuntura económica, entrando en un nuevo declive a partir de 1640 por las cargas fiscales ocasionadas por las guerras y la plaga de la peste.


 

mapa


Vélez Blanco en los siglos XVI – XX

(Mapa elaborado por J.J. Valera y D. Roth)

Aunque se ha repetido durante mucho tiempo que los repobladores cristianoviejos no estaban acostumbrados al mantenimiento y uso del regadío de tradición musulmana, lo cierto es que se ha mantenido la cultura del agua velezana, conservando sus infraestructuras. No obstante, los cambios sociales repercutieron en la gestión de los recursos hídricos, permitiendo la acumulación de derechos de agua en manos de la élite local. Recientemente, esta cultura del agua, sus infraestructuras, costumbres y el derecho consuetudinario has sido objeto de máximo interés social y cuentan ya parcialmente con la debida protección por parte de las administraciones públicas.


Una vez terminada la fase de la repoblación, la propiedad inmobiliaria se iba concentrando en las manos de una reducida oligarquía comarcal, la cual no sólo procuraba perpetuar y aumentar sus status social por acumulación de bienes, alianzas matrimoniales, acceso a prebendas eclesiásticas, ocupación de cargos municipales y en la administración marquesal, sino que intentaba salvar buena parte de su patrimonio de la enajenación y partición por herencia gracias a la fórmula de los vínculos y mayorazgos. No sería hasta mediados del siglo XVIII cuando despegara la situación demográfica y económica de la comarca de los Vélez.